Escribiría sobre tu piel mi nombre, para volverme parte de ti, me hundiría en la hendidura de tu boca por cada charla de tus días y de mis locuras. Alcanzaría el alba a la orilla del mar para llegar a acariciar el suave desliz de tu espalda. ¡Ah, que desdicha!, cuando tu sonrisa se va, la luz se apaga, tu caminar en cenizas queda, como luna repentina te quedas en la mirada. Un sueño, un vaso con agua, tú, quieta, en medio del recuerdo y el olvido, te vuelves realidad, te vuelves la sed saciada. Ahora me siento, te veo al cielo, recito tu nombre, le grito al aire las canciones que olvidaste, en el café, en el sofá, en la cama, en las mañanas que a un costado las ganas no te hallaban. Ahora, la quietud, el silencio, el sonido de las hojas crujir en el suelo, describen el sitio, donde feliz te veo, me abandono, nos dejo, y todo queda en el adiós perpetuo.